Friday, April 15, 2005

EL OLOR ENTRE LAS PIERNAS, CAPITULO 2 EL DERECHO DE ESCRIBIR [LO QUE SEA] SIN COMPLEJOS DE EDAD NI TAPUJOS DE GENERO

Todos tenemos el derecho de escribir una novela. Comienzo este escrito con una reacción militante ante ciertos puntos de vista que realmente me provocan mareos, náuseas y escalofríos. Me refiero a la opinión de ciertos escritores consagrados, y unos cuantos académicos (como Rosa Montero, Arturo Pérez-Reverte, entre otros), quienes estipulan que la novela es un género que no debe ser trabajado por jóvenes.

El impulso de este ensayo fue una conversación que sostuve con una profesora del grupo de los “entre otros” mencionados en el paréntesis anterior. Me dijo que ella, como muchos académicos del patio, consideraba que la novela no es juego de niños, que es un género para la adultez, para la madurez, y que un joven debe esperar a tener la edad y madurez suficiente requerida para la escritura de una novela. Al escuchar estas palabras, la sangre se me concentró en las orejas. Me pasa siempre que me da vergüenza ajena o mucho coraje. Para responder a esto, me he propuesto darle largas al asunto, para no sólo compilar razones suficientes con las cuales debatir semejante sandez, sino para asimismo tener algo de distancia emocional sobre el asunto.

En primer lugar, he encontrado que todos los escritores y académicos empeñados en esta postura tan excluyente, son hispánicos. Esto es así, porque, adivínenlo, en el mundo de la literatura anglosajona la cosa no funciona para nada así.

En Estados Unidos e Inglaterra, escriben novelas quienes pueden hacerlo (Neil Gaiman, por ejemplo, comenzó su exquisita serie Sandman a mediados de sus veinte, trabajo que ha recibido premios como el Hugo y el Nebula, premios que, por cierto, son desconocidos por la mayoría de los autores y académicos hispanos, pero que, dicho sea de paso, gozan de un gran renombre internacional). Propongo que por una semana nos pongamos una venda a la literatura hispana, y nos dediquemos, por esa semana nada más, a ver qué se está haciendo en los mundos del libro anglosajón, japonés y europeo. A ver si podemos por fin quitarnos las gríngolas.

Encuentro que no hay una buena razón para explicar por qué un joven no debe escribir novelas. Siempre que se lo he preguntado a los defensores de este punto de vista, no me saben decir cuáles son sus fundamentos. Lo dejan a zonas grises que se deben interpretar intuitivamente. Bueno, quien no me sepa dar una buena razón, que se vaya al carajo. Yo soy escritor, y un excelente estudiante universitario. Merezco que se me trate de acuerdo con ello, dándome, cuando menos, un buen argumento, bien basado en un hilo de pensamiento lógico y coherente.

La edad y la madurez se fueron un día al río, y más pudo mi edad que mi madurez... o por ahí va la cosa, según pude interpretar. Me parece estúpido considerar el género de la novela como lo más excelso que puede escribir un ser humano. Debería ser el cuento, si nos podemos a analizar la gran aportación de los tres grandes monstruos hispanoamericanos de la cuentística del más acá: Horacio Quiroga, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Sin embargo, nadie nos critica por escribir un cuento; no se nos cuestiona. Pero que no to quemos la novela, eso es sacrilegio. Ya en este punto, pueden entender mi horror y mi furia.

La profesora antes mencionada, mas no nombrada, me dijo que debo esperar veinte años, porque la edad le quita a uno muchas cosas, pero le da algo muy valioso: la experiencia. Pero, ¿qué es la experiencia, verdaderamente, sino práctica sobre error, sobre práctica, sobre error, bla, bla, bla, ciclo repetido una y otra vez? Me parece realmente algo muy
idiota, a estas alturas del milenio siete, siglo veintiuno, año cinco, pensar que con la edad viene la experiencia. Entonces, ¿experiencia de qué, exactamente? (Estimado lector: si no entiendes de qué hablo, créeme: yo tampoco, hasta el día de hoy, entiendo muy bien qué diablos fue lo que me quiso decir la profe, tal fue su fallo al tratar de explicármelo.) Lo más interesante es que si este argumento, construido de manera tan abstracta , fuese cierto, entonces tendríamos que negar la existencia de una Carson McCullers, quien a los veintitrés años de edad escribió su primera novela y su más afamado y perfecto trabajo: The Heart is a Lonely Hunter. Tendríamos que negar también la existencia de un Herman Hesse (ése sí que no nos lo perdonaría desde su tumba), Premio Nóbel que a sus veintitantos años escribió su novela más famosa y más genial. Asimismo, si siguiéramos el argumento de los españoles Rosa Montero y Arturo Pérez-Reverte y no creyéramos en la genialidad de ciertos individuos sobresalientes en su período de niñez, tendríamos que borrar los nombres de Mozart y Beethoven de los archivos de la historia. ¿Por qué no de una vez enviamos a Mary Shelley y a Ana Frank (cuyo diario tiene todas las características de una novela) al carajo? Sí, hagámoslo, coño, porque los novelistas deben ser mayores de cuarenta. ¡Joder!

Volviendo al tema de la genialidad, que se me permita hacer dos aseveraciones. Yo, a mis veinticuatro años de edad, soy un joven novelista. He escrito hasta ahora (9 de marzo de 2005, a las 9:21pm) tres novelas, entre ellas una llamada El Nudo Celta (en vías de edición para publicación) y otra sustancialmente más larga, llamada Oz, que me parece un gran logro, no sólo por sus 376 páginas de extensión, sino también porque es genial. Ya que acabo de decir esto, permítaseme volver a mi concepción de la genialidad. Personalmente no me cierro a la posibilidad de que en algunos niños suceda esto. No creo en los niños índigo, ni nada parecido, pero pienso que el entrenamiento mental no tiene por qué necesariamente relacionarse con la edad. Tampoco la madurez, ni mucho menos la experiencia. Mi novela Oz es genial, no por haberla escrito yo, ni por su tamaño, sino porque en ella logré todo cuanto la mismísima historia, el argumento de la novela misma, me exigía. Para esclarecer este párrafo, que me ha salido muy mal, propongo esta definición del concepto genialidad: las manifestaciones logradas con la excelencia meritoria dentro de sus respectivas lógicas y coherencias. ¿Qué les parece?

Si escribir se trata de compromiso, conozco a muchos jóvenes escritores (entre ellos, este servidor, por supuesto) que le roban tiempo al sueño para poder escribir, y llevamos haciéndolo durante años. ¿Acaso se trata de eso? Si por ahí va la cosa, entonces Luis Rafael Sánchez cayó de categoría, asimismo Magali García Ramis, y otros escritores del patio, quienes llevan años sin publicar nada en ese género. Entonces llamen a Recursos Naturales o a la Red de Varamientos, qué sé yo, porque en este país, los novelistas estamos en peligro de extinción.

Todo esto me lleva a retomar el hilo inicial. No sé si alguna vez tenga el valor de decirlo con palabras habladas y de frente, pero, aun que debo reconocer que escribo tanto porque es una necesidad con letras mayúsculas, lo hago también porque soy paciente de VIH y, aún con los adelantos en la medicina, en los cocteles y en los tratamientos, no creo que tenga veinte años más de vida para comenzar a escribir mis novelas. No sé si esto les pasa a algunos de ustedes, pero yo tengo demasiado qué decir, y no me puedo morir antes de decirlo, y no me da la regalada gana de esperar a alcanzar una edad madura (sea lo que eso sea, porque yo, sinceramente no sé qué es) para meterle mano al género. No, el reto es ahora, no después.

Propongo esto: que cada escritor escriba lo que le salga del forro, que escriba novelas quien pueda hacerlo, y que los editores de las diferentes casas publicadoras no sean cabrones y se dejen de andar por ahí prejuiciados contra los jóvenes, cuando de novelas se trata. Mis dos mentoras en escritura creativa, Mayra Santos-Febres y Loretta Collins, me enseñaron algo muy valioso a la hora de escribir: saber cuándo mandar a la gente al carajo y desobedecer, pero hacerlo con debida justificación. En cuanto a mí respecta, seguiré escribiendo no sólo novelas, sino lo que me salga de mi santísimo cuero, cuando me dé la regalada gana. Después de todo, aquí en Puerto Rico no nos pagan por escribir, y son pocos los que nos dan la mano a los escritores. Queda del lector hacer la primera crítica. Queda del mismísimo tiempo hacer los juicios venideros.

2 comments:

xavierin516 said...

Acabo de descubrirte y ya estoy contigo. Yo iría más lejos. Creo que estas personas que se creen tener el poder para decir quién escribe qué, cómo y cuándo, son hasta cierto punto culpables de que los jóvenes le estén perdiendo el gusto a la lectura, como se alega por ahí. ¿Cómo carajo se pretende que los jóvenes lean, si lo disponible en los estantes no habla de ellos y como ellos, ni de sus vidas y cómo las viven?

¡Que escriba el que quiera lo que quiera y cuando quiera!

Un abrazo desde NY. José Oquendo

Capitán Harlock said...

Me parece una tremenda tontería lo de que los jóvenes no puedan escribir novelas. Esto me recuerda al monitor del taller de escritura al que asistí hace bastantes años (cuando pensaba que podía ser escritor; ahora sé que no). Resulta que había una compañera que con tan sólo 13 años tenía ya varias novelas escritas. Cuando el monitor escuchó esto se echó las manos a la cabeza diciendo que eso era imposible; que él aún no lo había conseguido porque escribir una novela requería un esfuerzo titánico. Envidioso...

Conclusión: lo de opinar que la creación de novelas no es apta para jóvenes es algo que parece muy extendido y, lo que es peor, no hace falta ser una Rosa Montero ni un Arturo Pérez-Reverte para escupir dicho aserto sin fundamento alguno.

Hasta pronto