Monday, October 15, 2007

El olor entre las piernas, cap. 93 El Favor

El olor entre las piernas, Cap. 93 El Favor

Estaba yo en la plaza de Coamo, en las escaleras de la alcaldía bajando la pornografía de rigor en mi laptop cuando llegó ella. Estaba yo a pie, porque mi carro lo había dejado en la gomera, alineando, balanceando, verificando los chichones en las gomas, quitándome el temor sabio del commuter que viene con el temblar del guía, el saber que en cualquier momento una goma se te puede explotar en el trayecto de Coamo a Caguas, de Caguas a Coamo, el temblor de la isla flotante en Lucía y el sexo, saber que en cualquier momento puedes dejar de ser amado, en un mundo tan miserable como éste. Ella se acercó quejándose de la presión alta: una viejita gorda y baja de estatura, con la piel curtida por los achaques simultáneos.

-Ay, mijo, bendito, ¿tú estás trabajando ahora?
-No, pero estoy haciendo un trabajo en mi computadora, -mentí yo.
-Ay, es que tengo la presión alta, estoy mareada y no tengo quien me lleve a mi casa.

Pensé que probablemente eran mentiras, que no tenía ningún achaque, que podría ser puro síndrome de hipocondría. ¿Qué derecho tenía la viejita a separarme de mi amada pornografía? La miré con algo de malhumor, pero cerré mi computadora, le tomé el brazo derecho con mi izquierdo y me la llevé.

-Ay mijo, bendito, -seguía repitiendo el “bendito” lo cual me dieron ganas de dejarla y salir corriendo, -el doctor me dijo que tengo la presión alta, y la diabetes me tiene mala, y mi hijo, yo no se dónde está ese muchacho metío, un vecino me trajo hasta acá en el carro, pero el doctor dice que yo no puedo caminar porque me sube la presión, pero yo no me puedo estar tranquila..

La señora siguió hablando en un fluir de conciencia que a veces parecía un indirecto libre. Pensé que sería tarea más fácil llevarla hasta la esquina y volver a la alcaldía. Pensé en ayudarla a cruzar la calle y darle la papa caliente a otro. Se lo manifesté, por aquello de las cuentas claras.

-Ay, mijo sí, no te preocupes. Ayúdame a cruzar la calle, que el doctor me dijo que tengo la presión alta y la diabetes me está matando… -nuevamente el indirecto libre.

En el camino, dos mujeres jóvenes nos detuvieron.

-Doña Meri, ¿usted está bien? ¿Qué le pasa? –repetía una de ellas, con el cabello rubio y la piel oscura. Parecía una cucaracha rubia.

La señora continuó con su letanía, por lo que la mujer, que estaba muy bien vestida, como de oficina, y quien ostentaba una ID de no sé dónde, me preguntó a mí si yo era el hijo de ella. No, le dije, sólo le estoy haciendo el favor de…

-Ah, ¿la vas a llevar a su casa? Ay, chico gracias.
-No, en verdad…
-Ay, mijo, bendito, gracias, que el Señor te lo pague, que mira el doctor me dijo que yo tenía la presión alta y la diabetes me está matando.

Ok. Al diablo la pornografía, el compromiso ya estaba hecho. De repente, la muchacha le dijo a la otra que es que “Doña Meri” era paciente de Salud Mental (creo que era bastante obvio ya a ese punto), y le hizo la típica seña de “loca” dando un círculo alrededor de su oreja con el dedo índice. Me molestó la seña por razones que todavía no puedo comprender. ¿Hasta dónde llegas como médico de tus pacientes? ¿Dónde está tu humanidad que dejas que un paciente tuyo que sabes que no está bien de salud camine solo o sola, sabiendo que se puede caer y darse un mal golpe o hacerse daño? ¿Por qué la mujer no se ofreció para buscar su automóvil (era claro que tenía uno porque tenía las llaves del mismo en su mano derecha) y llevar la paciente hasta su hogar? Después de todo, Coamo no es tan grande, ni mucho menos su casco urbano.

Le pregunté a la viejita dónde vivía.

-Yo vivo allí, por donde va aquel muchacho, en la calle Baldorioty, -como si yo supiera cuál es la calle Baldorioty, lo sé ahora luego de ayer.

No sé por qué la gente de pueblo te ve y no te reconoce como un forastero. Inclusive te preguntan si eres hijo de Pepe el de la Panadería o Juan Antonio, el guardia municipal.

Seguimos caminando, esta vez en bajada. La ayudé a cruzar la calle y continué con ella. La computadora en mi brazo derecho, su brazos derecho en mi izquierdo, al poco rato comencé a sentir dolor en mi muñeca. Ella me la estaba apretando inmisericorde. Temblaba y se notaba que tenía miedo de caerse. Había llovido. El suelo estaba resbaloso, las aceras llenas de accidentes y con carros estacionados encima llevándose la mitad del espacio, y por un momento, finalmente entendí lo que siente una persona con discapacidades físicas cuando trata de caminar por ahí. Literalmente son esclavos marginados por el sistema.

Bajando, cruzamos otra calle, llena de hoyos y conductores dispuestos a no frenar si no es por la imagen de la viejita. A un joven como yo, de cabeza rapada (me la rapé recientemente en solidaridad con los monjes budistas de Myanmar), le pasarían por encima sin pensarlo dos veces. Pasamos por la escuela elemental. Los nenes estaban fuera de los portones, corriendo por las aceras. Algunos se burlaron de mí y de la viejecita. Mira, ¡esa es su novia! De acuerdo, bienvenidos los atropellos, ya no importan, sólo el dolor en mi muñeca y yo apaciguándolo con la esperanza de que la casa de la viejita estuviera al voltear la esquina.

Preferí no volver a preguntarle a la viejita dónde vivía, cosa de tratar de acallar su letanía aléphica. Pasamos por un bar de mala muerte. Los hombres, de mirada curtida y ebria en pleno mediodía, se reían como quien dice: je je, te tocó el tostón, so cabrón.

Durante el resto del camino, dos mujeres de la Iglesia Bautista de la viejita se detuvieron para agradecerme el gesto, pero no para relevarme. Dios te bendiga, dios te bendiga, dios te bendiga, me tenían harto. Sucede que la calle Baldorioty queda hasta lo último del casco urbano. Las aceras accidentadas, no aptas para que una vieja camine en ellas, alargaron el recorrido. Al final, la casa número 55 a mano izquierda, un esperpento minúsculo de madera con escalos frontales demasiado altos, al estilo de antes. La ayudé a subir, arriesgando una lesión en la muñeca, de tan fuerte que me había agarrado la misma durante el recorrido de 35 minutos. Luego le cerré el portón principal y me marché. Inmediatamente comenzó a lloviznar. Computadora en mano, corrí todo el camino hasta la alcaldía.

1 comment:

Manuel Páucar said...

...y todo en nombre de la pornografía.

Pues nada. Algo que me maravilló de PR -durante los pocos años que viví ahí-, y que realmente era mi martirio, es aquella aversión que le tienen al silencio. Nadie puede ver a un tipo sentado, solo. No. Siempre tiene que acercársete alguien para hablarte de cuanta estupidez haya en el mundo.

En Puerto Rico, el concepto del silencio no existe. Es más, si te vas al lugar más remoto de la isla, allá por donde el diablo perdió el poncho; están los coquíes recordándote pérfidamente que en la isla no existe el silencio.

Ya voy para un año lejos de la isla, y no sé por qué ahora me han dado antojos por unos tostones. Raro que es uno.